
MIRADAS A CÁMARA
Aún escucho los gritos de mi hermano Tomás en el Terminal de Buses de Valparaíso cuando filmamos mi última película: « No mirís a la cámara tonto hueón », le decía con suavidad a cada uno de los pasantes. Quienes simplemente debian tomar una micro para ir a trabajar o visitar a sus familias, pero lamentablemente estaban obligados a cruzar la imagen de mi film.
Luego de ese día de rodaje pensé que a fin de cuentas, mirar a la cámara en una película no es tan grave como parece.
Para remediar este « problema », la gente de la « nueva ola » francesa inventó una técnica : sacar las cámaras y apuntarlas directamente a la cara de la gente. De esta forma, como por arte de magia, las fugaces miradas a cámara desaparecían rápidamente, convirtiéndose en parte integral de las imágenes. La gente de la calle pasaban a ser actores de una película que quizás nunca iban a ver.
Sin embargo, las miradas a cámara también dan un toque misterioso a ciertos planos, convirtiéndolos en piezas inolvidables.
Anoche vi en la
Cinemateca un raro film de Roberto Rossellini titulado « Anima Nera », que es casi su testamento en lo que a películas de cine se refiere ya que luego se dedicó exclusivamente a la televisón.
En un plano de dicho film, Vittorio Gassman y Nadja Tiller discuten en una vereda de Roma, cuando de repente una viejita sale de la puerta de un edificio. La viejita mira a cámara, pero la escena sigue. Ni Gassman ni la Tiller se inmutan de su presencia, ni Rossellini tampoco dejando correr la cámara sin cortar. Finalmente la viejita, deja pasar la acción, mirándola desde el marco de la puerta como si fuera una discusión anodina, igual a cualquier disputa callejera de esas que escucha veinte veces al día desde su pieza.
¡Qué manera más hermosa de dejar entrar la vida real dentro de la ficción !
Federico Fellini llevó ésto hasta el límite, invitando a ciertos actores a mirar a cámara y decir alguna frase. Es su obra maestra “Amarcord”, el primer personaje que vemos mira el objetivo y apenas se acuerda de su texto. En otra escena, otro extra incluso llega a burlarse del protagonista- interpretado por Armando Brancia- invitándonos a reírnos con él.
Ingmar Bergman, fue mucho mas radical en su propuesta. En “Un verano con Monika”, su musa y futura pareja Harriet Andersson, mira con unos ojos desafiantes el objetivo de la cámara en el clímax del film, interpelando con ello a cada uno de los espectadores que hemos visto sus delicias eróticas durante los 90 minutos precedentes. Bergman, para resaltar la fuerza dramática de la imagen y acentuar esta mirada incomodante, apaga incluso las luces del estudio dejando el rostro de su actriz en un primerísimo primer plano e invitándonos a una cita íntima con ella. Un acto cinematográfico que cambió el rumbo del cine mundial.
Esto de las miradas al ojo del artista son bastante antiguas. Ya desde tiempos inmemoriales los pintores habian osados guiños retratando novias, musas o sirvientas en sus cuadros.
El Museo del Louvre luce uno genial y gigantesco : "
Las bodas de canàa" de Paolo Veronese. Si se fijan bien, la segunda invitada en la mesa de izquierda a derecha mira a cámara, como si descubriera de sorpresa a Veronese pintando el cuadro. Y no es precisamente una extra que se cuela en la tela, sino mas bien un homenaje del pintor a su modelo.
A pocos metros de ahí en el Museo d’Orsay, Pierre- Auguste Renoir, padre del gran cineasta, exhibe en su cuadro "
Le Moulin de la Galette" el retrato una gran fiesta en los cerros de Montmartre. En él percibimos un àrbol y en su parte inferior, el retrato de Gabrielle « mirando a cámara». Ella era la nodriza de sus hijos, con quien Renoir padre mantenía una estrecha relación de artista a modelo.
Así que tranquilos para la próxima película, que las miradas a cámara no asusten, sino mas bien tratemos de vivir con ellas con creativa elegancia.
Paris, 2 de febrero del 2006